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Entradas

El accidente

por Miguel Angel Marín 1-       Conductor Pienso en la putada que le voy a hacer a Carrascosa. De esta fijo que lo despiden. Voy conduciendo, sonriendo y distraído, por el mismo camino de siempre, en modo “piloto automático”, cuando se me cruza un estúpido ciclista. Doy un volantazo hacia la derecha, pierdo el control del coche, me subo a la acera, atropello a un peatón que estaba plantado en mitad del pavimento y me estrello contra una farola. 2-       Ciclista Pedaleo a toda pastilla con mis cascos puestos, en plan kamikaze, mientras escucho a Maluma.   Esta tarde le daremos el palo al cojo. Con lo que le pillemos podré comprar varios gramos para trapichear. Por el rabillo del ojo percibo un coche que se me echa encima. Me intento apartar de su trayectoria, me inclino demasiado, patino y caigo dando volteretas hasta que me golpeo con el poyete. 3-       Peatón-testigo Ozú ...

Resaca

El hombre de la gabardina metió el sobre en el buzón.  Cuando Ava se despertó a la mañana siguiente, el sobre y un telegrama descansaban en la bandeja de plata del desayuno junto al café. Ava se levantó, se puso la bata sobre la piel desnuda, se preparó un whisky con dos aspirinas y se dispuso a leer su correspondencia. El telegrama decía: Vuelo Nueva York Madrid. Llegada 21 julio 20 horas. Deseando verte. F. El sobre contenía varias fotos de ella y el torero en la fiesta flamenca de hacía ¿dos noches? Se le empezaban a mezclar las imágenes de fiestas, tablaos, capeas… La estaban siguiendo, suponía que los esbirros de Frank, -encogió los hombros- si sus salidas eran vox populi … Incluso había una peliculita de esas de propaganda que ponían antes del pase en el cine, con ella y Luis Miguel toreando una vaquilla.  El pesado de su marido iba a venir a tocarle las narices, muerto de celos, baboso perdido. Y Dominguín la acababa de dejar por una actriz italiana… Que se a...

Basado en hechos reales

 Por Eva Fernández Primera persona (Eva) -Eva, ¿una caña?- Me dijo Guaci al acabar la clase.   -Venga, vale.   Contesté.   Me había propuesto irme a casa desde el curso, pero bueno, desde el bar me cogería un taxi.   Al final fuimos unos cuantos al chino de enfrente de la Plaza.   En la puerta, tropezamos con dos tipos que entraban, uno con la cabeza rapada y otro flaquísimo, con las mejillas hundidas y los ojos vidriosos, con cara de fumar algo más que tabaco. -           -  ¿Sabías que eres muy guapa?- Soltó el de la cabeza rapada. -          -  Sí, ya lo sabía.- Le contesté, levantando la cabeza. -          -  Que sepas –siguió con la voz cascada- que tienes posibilidades. Primera persona (José María) Me encontré con Arturo en el centro, y después de tomarnos la metadona, le pregunté: -          -  ¿Hace una birr...

Relato a 4

por Miguel Angel Marín Me arde el estómago. He dormido fatal. De un tiempo a esta parte no me encuentro nada bien. Tengo cefaleas y me duele todo el cuerpo. Pienso que en cuanto me recupere me marcharé lejos, quizá al Caribe. Subo por la calle Mendoza cuando de pronto, ¿pero qué es eso? Desde detrás de una farola surge Loreto. Está horrible. Me quedo paralizado. Me toca con sus manos frías y con los ojos inyectados de odio me escupe unas terribles palabras. Estoy agotada. No puedo con mi alma. Pero debo aguantar. Solo un poco más. Sé que no debería estar aquí pero quiero ser yo quien le dé la noticia. Solo el odio me mantiene en pie. Ya lo veo acercarse calle arriba. Maldito sea. Salgo a su encuentro. Me ve. Me reconoce. Le toco la mano y con mi último suspiro le suelto aquello que venía a decirle. Bajo por la calle Mendoza. Son las nueve menos cuarto. Voy camino al hospital,   deprisa pues llego tarde, cuando veo a un hombre de mediana edad que sube p...

La penúltima

Por Eva Fernández Será la última vez, pensaste, y acurrucaste tu cabeza en el hueco de mi cuello, oliéndome el pelo mientras me abrazabas, y bajabas el ritmo de tu respiración. Te dejé calmarte,  te aparté un poco, te retiré el pelo de la cara, te dejé en el suelo y me puse en frente de ti, con los brazos en jarras. -           Eso no se hace, Kira, te has comido mis zapatillas otra vez.  No han quedado ni las plantillas.  ¡Perra mala! Agachaste el hocico y escondiste la cabeza entre las orejas, con tu mejor cara de pena.  Me tuve que girar para que no pudieras ver que me estaba aguantando la risa, por lo que aprovechaste para huir clandestinamente hasta tu rincón, arrastrando el rabo en señal de arrepentimiento. El duelo duró cinco minutos, porque a mitad del trayecto encontraste un trozo de zapatilla medio mordido y te lanzaste a por ella como si fuera un menú Estrella Michelin. -     ...

El papel

por Miguel Angel Marín Había llegado el momento, pensaste. La fruta estaba madura. Tras participar en aquella serie de televisión te habías dado a conocer al gran público. Ya no eras una perfecta desconocida. Eras esa cara angelical, unas largas piernas y un cuerpo de infarto. Era tu momento. Y entonces te enteraste del gran proyecto. El guión de la película incluía un personaje femenino carismático. Aquel papel podía consagrarte. Una oportunidad así solo aparece una vez en la vida –te dijiste-. Aquel papel tenía que ser tuyo. Lo hiciste todo bien: acudiste a las fiestas adecuadas, tomaste alcohol y drogas con los impresentables que manejan el cotarro, te acostaste con la gente importante…siempre controlando, siempre perfecta, siempre centrada en tu objetivo. Ah, pero lo que no sabías es que yo te seguía la pista. Fui discreta, hice lo mismo que tú y aún más… ¡Ay amor, lo nuestro pudo ser algo tan grande! Nunca olvidaré la noche que pasamos juntas en Roma. Sé que para las...

Dicen los viejos

por Miguel Angel Marín Dicen los viejos que el hombre se creyó Dios y que Dios lo castigó. Que unos sabios inventaron artilugios que nos permitían volar –puro cuento-, que fabricaron seres mecánicos y que intentaron incluso crear hombres nuevos, perfectos y que no enfermasen.  Todo esto me parecen invenciones, leyendas sin fundamento.  Ni yo, ni mi padre, ni el padre de mi padre hemos conocido otra cosa que una vida de trabajo duro, de privaciones y hambre, de frío en invierno y calor en el verano, cuidando de las cuatro cabras entre riscos pedregosos, en esta tierra yerma, seca y solitaria, durmiendo en cabañas cochambrosas y teniendo como única posesión unos harapos con que vestir, una honda con que defendernos del lobo y un zurrón en que guardar algo de comida.  Y siguen diciendo que en los buenos tiempos la vida era regalada, que la gente apenas tenía que trabajar, que vestían ropajes finos, que habitaban casas de piedra tan altas como montañas...