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 La suerte está echada
   
    Raimundo, Rai, como lo llamaban sus amigos, era un chico encantador. Hijo tardano en una familia de cinco chicas, un tanto consentido, es verdad, pero todo se le perdonaba por su carácter simpático y generoso. Sus padres regentaban un negocio próspero en una pequeña ciudad provincias. Vivían holgadamente y no sabían negarle ningún capricho a su retoño. Así que, en cuanto cumplió los dieciocho, se sacó el carnet de conducir y consiguió que sus padres le compraran el mejor deportivo rojo que había en el mercado.
    Por supuesto era el único de la pandilla que tenía coche y todas las chicas se disputaban el ser las privilegiadas en que las llevara a dar una vuelta. No había fiesta en los pueblos de alrededor a la que no acudieran Rai y sus amigos. Un día regresaban a casa, avanzada la madrugada, de una de esas fiestas en un pueblo vecino. Habían bebido demasiado y caminaban hacia el coche tambaleantes y aturdidos. Felipe, el más sensato de la panda, comentó:
_ Rai, no deberías conducir así. Sería mejor que esperásemos a que se nos pase la tontuna.
_ Anda ya…Tú sí que estás tonto ¿Qué quieres? ¿Dormir al raso? Estoy bien. Podría hacer el trayecto con los ojos cerrados.
   Los demás lo apoyaron entre risotadas y burlas.
_ Joder, Felipe, mira que eres miedica. Que Rai controla y llegamos en un plís plás.
   Rai enfiló la carretera comarcal a toda velocidad. Al llegar al cruce para tomar la circunvalación de entrada a la ciudad, sintió unas arcadas y se le nubló la vista. No se percató del stop. Un motociclista que circulaba por la carretera principal se vió arrollado por el deportivo.
   Tomás trabajaba en la fábrica de aluminios del polígono industrial a la que se dirigía, como todas las mañanas. para enganchar en el primer turno.
_ Tomasito, coge el teléfono, hijo, que yo le estoy cambiando el pañal a tu hermano.
_ Mamá, dice que es un policía que llama del hospital, que te pongas…
_ ¿Remedios Gutiérrez? … Siento comunicarle que su marido ha sufrido un accidente, un conductor nos avisó de que había un hombre tumbado en la carretera, fue inmediatamente trasladado al hospital, pero no se ha podido hacer nada por él…

   Desde aquel aciago día, la hasta entonces acomodaticia vida de Rai cambió para siempre. Su padre, apesadumbrado por el insensato comportamiento de su hijo, enfermó y descuidó  su negocio, que también se resintió por el vacío que le hizo la clientela. En la pequeña ciudad casi todo el mundo se conocía y reprochaban a los abochornados padres y hermanas la mala crianza de Raimundo, que había ocasionado la desgracia y ruina de una familia honrada.
La Reme, embarazada de su tercer hijo, regresaba la víspera de Todos los Santos de poner unas flores en la tumba de Tomás, cuando se cruzó con Raimundo, que salía dando tumbos del Casino. Rai intentó esquivarla, pero ella lo asió fuertemente y, con ojos furibundos, le espetó:
_ Miserable, cobarde, si has tenido el valor de matar a un hombre, tenlo también de mirarme a los ojos. Solo te deseo que tu vida se convierta en un infierno igual que tú has destrozado la mía.

   Aquella mirada se le quedó clavada a Rai en el fondo del alma. No podía apartarla de su mente ni de noche ni de día. Una de esas noches en que no conseguía  cerrar los ojos sin que se le apareciese la cara de Remedios, se levantó, se volvió a vestir y regresó al Casino. Esta vez tuvo un golpe de suerte y ganó una considerable cantidad. Recogió el dinero y regresó a casa. Todo estaba en silencio. En la trastienda encontró una soga que su padre usaba para enlazar los palés, la pasó por la viga que unía los dos pilares y comprobó la resistencia de ambas. Acercó un taburete…

   A la mañana siguiente, a los pies de su cuerpo colgado, encontraron un sobre dirigido a Remedios. Dentro estaba el dinero y una nota que decía:
No puedo seguir viviendo soportando esa mirada. No espero tu perdón pero sí, al menos, aliviar tu dolor.

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