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El pasillo


Por Eva Fernández


Recuerdo, ­-como en una película en super8, colores sepia-, un pasillo verde y recto, interminable.  Al lado del taquillón con el espejo dorado, mi madre agachada me abrocha el abrigo verde musgo, que me abraza, igual que los dibujos de terciopelo del papel adamascado que tapiza las paredes como enredaderas geométricas, abrazan la casa.  Todo en ese pasillo es un bosque.  El perchero de patas de ciervo.  El biombo calado de madera que divide por la mitad el largo corredor.  Las puertas a la derecha,  como árboles que lo delimitan, la entrada a cuartos de otros colores, la cocina, blanca, territorio de comidas y tareas escolares; el baño, verde agua, y el cuarto de invitados, que pronto sería la habitación del abuelo.

Observo sin perder detalle como mamá le coloca a Pili su abrigo idéntico al mío, pero granate, más pequeño, y se lo abrocha también hasta el cuello, ­-porque ya es octubre, y hoy hace frío-, dice, y ella levanta la cara para mirarla con sus enormes ojos de reflejos verdes, idénticos a los de ella, y a los de la abuela, y se impacienta, porque ya quiere encorrer las palomas de la plaza del Pilar.  Yo las miro, entretenida, desde mi silla.  Viene papá, desde dentro, se coloca detrás de mí y espera a que ella abra la puerta, coja a Pili de la mano, que la acompaña con sus pasos breves y rápidos, -como un pajarito- y salgan delante. Mi padre empuja la silla, salimos en fila y él cierra la puerta dejando atrás el sendero verde que nos arropa.

Ese es mi primer recuerdo;  el pasillo de mi primera casa, el hogar donde mis padres fundaron su familia.  Nosotros.   

Al final el sendero del bosque se abría a las habitaciones principales, primero el salón, de muebles caoba y sofá de skay marrón chocolate que tatuaba pecas en la espalda y cuyos reposabrazos eran caballitos perfectos, y una habitación a cada lado.  A la izquierda, después de sortear la mesita del teléfono, la de mis padres, con su cabecero y sus mesillas de rejilla con sobre de mármol blanco y a la derecha, la nuestra, empapelada de cielo azul, nubes blancas y girasoles,  muebles claros, y sol matinal, mutada en cuarto de juegos en cuanto las  camas gemelas estaban recogidas y la alfombra extendida en el suelo se convertía en un  tapiz diáfano para inventar.


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