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Mi voz

Por Luisa Roco Bovio


Jaime esperaba todos los días el autobús del colegio con una ilusión y unas ganas indescriptibles.

 Su colegio era pequeño y tal vez poco adaptado a las necesidades de los alumnos que asistían a él, pero sus maestros y en especial, Susana,  hacían que las dificultades fueran casi invisibles. Había muy pocos que hablasen, muchas sillas de ruedas y muchos artefactos ortopédicos que ocupaban espacio para poder moverse con soltura, sin embargo, se respiraba alegría en sus pasillos y en sus aulas aunque las voces fueran casi siempre las de los profesores llamando a uno u otro alumno; las miradas y sus sonrisas eran el lenguaje que imperaba en aquel lugar dándole una sensación de buena estrella.

¿Qué era lo que la hacía diferente a las demás?” se preguntaba a veces Jaime.

¿Tal vez lo particulares que eran cada niño o niña de la clase?” o ”¿la imaginación y el cariño de las maestras?”

La mayoría eran maestras, aunque a lo largo de los años algún maestro de educación física se dejo caer por allí, pero Susana era especial. Fue su maestra durante tantos años que con  solo mirarle a los ojos, o  la posición de su cuerpo o los golpes que atizaba al reposapiés de su silla, sabía lo que quería decir.

Ella interpretaba sus pensamientos y les daba voz. Era su voz.

El colegio se creó  para alumnos con necesidades especiales, que era la manera de llamar entonces, a los niños y niñas con capacidades diferentes. Y gracias a ellas y a los comienzos de un sistema educativo nuevo, pudieron recibir una educación personalizada, casi pensada para cada alumno.

Jaime se comunicaba a través de la mirada y antes de que apareciesen los sistemas de comunicación alternativa con ordenador, le fabricaron un tablero de plástico transparente  con las letras del abecedario puestas por los dos lados  y en el orden que él había elegido. De esta manera, Jaime miraba una letra y su maestra colocada enfrente, veía la que él había indicado, y así construía palabras y frases.

Cada uno de la clase tenía sus comunicadores de acuerdo a sus aptitudes. Jugaban y aprendían a la vez, y a medida que iban creciendo les enseñaba lo que era la vida y los incitaba a opinar sobre las cosas que pasaban en la sociedad. Así fue como les enseño lo que eran las elecciones generales y como se votaba. Organizó unas clases para hablar de todos los candidatos, prepararon las papeletas y luego cada uno eligió la que consideraba y la introdujo en la urna que les había preparado en mitad de la clase.

Hoy Jaime está  acabando su carrera de Ciencias políticas a los 35 años, con su ordenador acoplado a la silla de ruedas y la misma ilusión y ganas que le inculcó su mejor maestra.

 

 

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