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Aquel día no me mojé los pies

 

Aquel día no me mojé los pies… Tenía la costumbre de llevar unas botas de agua en el maletero, así que cuando divisé el cuerpo, de bruces contra el suelo, inmerso en un charco negruzco, bañado en su propia sangre, me di la vuelta sobre mis propios pasos, a la vez que apuntaba hacia el vehículo, que me saludó con un breve pitido y una ráfaga intermitente de luces. 

Dos minutos después, me acercaba de nuevo a la escena del crimen, dispuesta a levantar el cadáver, mientras daba instrucciones a Daniel, el agente judicial que me acompañaba y trataba de captar los detalles de la escena.  Dos agentes de la policía nacional se acercaban a nosotros, y una ambulancia del samur con sus ocupantes en el interior atendían a una tercera persona,  cuya voz sollozante me resultó familiar, aunque no supe ubicarla en ese primer momento.

-          Buenas noches. Soy la jueza Triviño; ¿Qué ha pasado?- Le pregunté al policía más veterano, a cierta distancia.

-          Aún no lo sabemos, señora-negó con la cabeza-.  Le han disparado por la espalda, con un arma de fuego aún por determinar.-  Varón, de mediana edad.  No lleva cartera, teléfono, dinero ni documentación. Lleva unas tres horas muerto. – Añadió en voz queda.

La chica que ha llamado para avisar está en la ambulancia, presa de un ataque de nervios… No hemos podido interrogarla todavía.- Dijo finalmente, encogiéndose de hombros, como disculpándose.

-          Está bien- respondí, asintiendo.

Me acerqué a la ambulancia.  Los sanitarios le habían puesto un gotero a la chica, que había dejado de llorar y solo gimoteaba y balbuceaba cosas sin sentido.  Los dos estaban inclinados sobre la camilla y solo le veía los pies.

-          Buenas noches. Soy la jueza Triviño. –Repetí desde donde me encontraba, la puerta trasera del vehículo, que se encontraba abierta. -  ¿Pedimos otra ambulancia o la testigo se encuentra en condiciones de abandonar esta?

Los dos sanitarios se volvieron hacia mí sorprendidos.  No me habían oído llegar.  Sus cabezas se apartaron de la paciente como se descorren unas cortinas.  Como si me hubiese tragado una bala de cañon, la fuerza de la gravedad me arrastraba hasta el suelo. Tuve que aferrarme con todas mis fuerzas a la puerta entreabierta de la ambulancia para no desplomarme.

-¡Pero Raquel, hija, se puede saber qué coño haces aquí!

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