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El anillo

por Miguel Angel Marín


El anfiteatro está a rebosar. La plebe aúlla de placer. Es la lucha de gladiadores. No sé cómo puede gustarles. A mí me dan arcadas. Ese espectáculo atroz lleno de sangre y violencia en el que unos pobres esclavos, hombres jóvenes y fuertes, se destrozan para divertir al populacho. El hedor de la sangre y del sudor de cuerpos mal lavados lo inunda todo. Tengo la obligación de venir al ser esposa de un senador de Roma, pero detesto estos juegos. Julia, mi prima y esposa de otro senador, que está sentada a mi lado, opina lo mismo que yo. Lo veo en sus ojos aterrados.
Intento abstraerme de tanta barbarie. Contemplo el anillo que me ha regalado Tiberio. Se trata de una piedra de lapislázuli engarzada en plata. Hoy lo estreno. Creo que proviene de Egipto.
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Los chicos se están haciendo mayores. Pronto ya no nos necesitarán ni a Felipe ni a mí. Ay Felipe, quién te ha visto y quién te ve.  Eras un joven apuesto, de rizada cabellera negra y con esos ojos chispeantes que me volvían loca. Mírate ahora, calvo, gordo y apagado. Claro que yo tampoco estoy mucho mejor. Que también he aumentado varias tallas. Todo el cuerpo se desparrama por donde quiere y no hay cómo ocultarlo. Estoy esperándolo. A ver si vuelve pronto. Ha tenido que acudir al reparto de la herencia de una tía suya recientemente fallecida.
Oigo como abre la puerta. Felipe vuelve con ese aire cansino que ha adoptado recientemente, arrastrando los pies.
-          ¿Cómo ha ido la cosa? ¿Nos ha tocado algo?
-          Se han repartido los bienes a suertes. A mí solo me ha tocado este pasador de corbata y este anillo azul de mujer. Dicen que es antiguo.
-          Es bonito.
Me lo pruebo. Me encaja perfectamente.
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Es una noche tibia y agradable. Una brisa suave mueve delicadamente las sedas de mi lecho. Me vence el sueño. Paseo desnuda por los jardines de mi casa. Esos jardines bien cuidados que son la envidia de Roma. Disfruto del sutil canto de los árboles y del aroma de las flores. De pronto noto movimiento a mi espalda. Me vuelvo con prevención. Una sombra enorme surge tras los álamos. Se abalanza sobre mí. ¿Qué es eso? Tiene cuerpo de león alado y cabeza de halcón. Sus ojos refulgen rojizos, cargados de maldad. Se aproximan hacia mí unas garras mortales. Grito sin voz. Clava sus garras de acero en mi carne indefensa. No puedo moverme. Me picotea el pecho izquierdo hasta convertirlo en un despojo de vísceras sanguinolentas. Un dolor horroroso. Continúa abriendo con su pico mis costillas. Me arranca el corazón y lo devora con deleite.
Su cuerpo sin vida apareció a la mañana siguiente, agarrotado. Tenía los ojos y la boca completamente abiertos, dibujando una mueca de terror absoluto.
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Felipe se ha dormido. Al final no hemos hecho el amor. Y eso que me he insinuado con descaro. Pero me ha dicho que estaba muy cansado. Pobre hombre. Se me hace mayor. Al darme la vuelta me noto el anillo nuevo en la mano. Lo acaricio. Me duermo. Paseo por la playa de noche. Estoy desnuda. Vuelvo a ser joven y bella. El tacto de la arena mojada en mis pies es muy agradable. Me detengo a contemplar las olas que viene y van y las estrellas que brillan allá en lo alto. De pronto escucho un aleteo. Uno no, muchos. Las estrellas desaparecen tapadas por cientos, miles de pequeños seres oscuros y alados, como murciélagos, de ojos rojos y terribles fauces que se lanzan contra mí.

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