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Otro final de "Aquella cama en Creta"

por Miguel Angel Marín

Aquel hombre fuerte me llevó a su casa. Me cuidó con esmero durante meses. No sé por qué. Poco a poco fui mejorando. Cuando pude incorporarme me consiguió una muleta y me ayudó a levantarme. Una tarde fuimos al hospital y nos hicieron una foto. Yo todavía estaba débil y pálido. Hacíamos una extraña pareja aquel hombre moreno y fuerte y yo. No hablábamos una palabra, para qué, si no nos íbamos a entender. Ese mismo día, al llegar a casa, me enseñó una fotografía de un adolescente moreno. Se le arrasaron los ojos. Imaginé que sería su hijo y que algo malo le había pasado. Pocos días después me hizo levantar de madrugada. Me llevó hasta una casa a las afueras del pueblo. Nos esperaban unos campesinos amigos suyos. Me dio una bolsa con algo de comida. Me abrazó. Me indicaron por señas que me ocultara bajo el heno de una carreta. Me llevaron a un puerto. Después, me escondieron en un barco de pescadores. De esa manera pude escapar de Creta.

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Todavía medio adormilada una imagen casi olvidada asalta mi mente. Reviso el cabecero de la cama. Sí. Ahí está. El rayo de Zeus. Me fijo con más detenimiento. No puede ser. Salto de la cama. Rebusco en el bolso. Mi marido se vuelve hacia mí, me mira un momento, mueve la cabeza como indicando que estoy loca y continúa durmiendo. Encuentro el sobre de las fotografías antiguas. Esa es. Aquella en la que aparece mi madre de joven. Una buena moza de larga melena y enormes ojos oscuros. En su hombro izquierdo, descubierto, el mismo rayo de Zeus. ¡El mismo, exactamente! Fuerzo mi memoria. Recuerdo que le pregunté una vez de niña qué significaba. Me contestó que se lo hizo para recordar a alguien que había sido importante para ella antes de nacer yo. ¿Cuándo sería aquello? ¿Y si…?

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