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Nueva identidad

 Por Eva Fernández


No era mi vocación ser lo que soy ahora.  Esto en lo que me han transformado. Los humanos siempre dicen que la vida es lo que pasa mientras tu haces otros planes…  Trataré de explicarme mejor.

Hace cuarenta y tantos años una mujer y su hija pequeña aparecieron en mi tienda y me adoptaron.  Pasé a formar parte del ajuar de la joven.  Por entonces ra una sábana preciosa de algodón inmaculadamente blanca, que junto a mis compañeras, la sábana encimera y las fundas de almohada, vestiríamos su cama matrimonial, abrigaríamos su cuerpo y el de su marido, y pasaríamos a formar parte de su vida cotidiana.  Ese era el plan.

Pero nada ocurrió según lo previsto.  Al parecer, nuestra calidad era demasiado buena.  La cama siempre estaba vestida con sábanas más corrientes; de flores, de rayas, unas marrones con topos blancos bastante feas traídas de un viaje… Así que fuimos relegadas al fondo del armario ropero, resignadas a amarillear.

Sin embargo, cuando ya habíamos perdido toda esperanza, un día de primavera, ella, me sacó del armario, y me observó con detenimiento. 

-          Si, esta puede servir.- Murmuró- Total, por probar.

Yo estaba emocionadísima…. ¿Servir? ¿Para qué? ¡No importaba! Me iban a estrenar, estaba claro, porque enjabonó y restregó las manchas, y luego me metió en una máquina que daba vueltas y me lavó y aclaró hasta acabar mareadísima, pero perfumada y reluciente. 

Luego me extendió en una cuerda hasta que el sol me secó.  ¡Era una sensación tan placentera!

Tomar el sol tibio del invierno… Ver la luz del día después de tanto tiempo…

Ese mismo día, me recogió, me volvió a examinar con cuidado y entonces ¡oh, no!  Cuando escuche el rasgado de mi cuerpo al avanzar las tijeras perdí todo mi buen humor.  Pensaba que me moriría, pero no.  A medida que rectángulos iguales se iban amontonando al lado de la máquina de coser me di cuenta de que cada uno de los otros trozos tenía una nueva identidad, pero que también recordaban la sábana que habíamos sido. 

Ahora somos orgullosas mascarillas de tela, con gomas cosidas que forman parte de nosotras.  Cuando salimos a la calle, la mujer nos mete un filtro dentro, y nos coloca en su cara, sobre la nariz y la boca. 

Me siento privilegiada, pues cuando me lleva puesta, soy la única que puede ver su sonrisa.  Al principio creía que era mejor ser una sábana, pero ahora me gusta mi nueva identidad.  


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