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La historia de Enya

por Miguel Ángel Marín Todas las mañanas, Don miraba el buzón, pero nunca había carta de ella. No habrá tenido tiempo, se decía. Su hija Enya se había ido a servir a la ciudad, a casa del conde, dueño de las minas.  Don la recordaba creciendo feliz en aquel ambiente de obreros grises y sucios. La chiquilla revoltosa se transformó después en una joven pelirroja muy hermosa con una figura espectacular. Todo se torció cuando su madre enfermó y murió. Se quedaron solos su padre, ya mayor y que arrastraba la enfermedad del minero, Enya y el pequeño Bobby, su hermano menor discapacitado. La alegría se esfumó de aquella casa con la ausencia de la madre. La situación empeoró cuando jubilaron a su padre. La paga que les quedó apenas cubría para pagar la comida. Fue una bendición el trabajo de la chica. Era una boca menos a alimentar y además ayudaba con parte de su salario a los exiguos ingresos de la familia. En sus cartas le hablaba de su nueva vida en aqu...

Volar

por Miguel Ángel Marín Encaramado sobre la terraza del rascacielos más alto de la ciudad, contemplo el horizonte. Intento recuperar el resuello. La subida ha sido extenuante. Los ascensores no funcionaban. Bajo un cielo negro y vacío siento la brisa de la noche. En la calle, apenas visible desde estas alturas, siento más que veo, las carreras, el miedo, la desesperación de la ciudadanía. Desde que se confirmó la noticia, el mundo se ha convertido en un caos. La fina pátina de civilización ha desaparecido y ha sido sustituida por la ley de la jungla. El instinto más primario, sobrevivir, se ha adueñado de todos. La gente se empuja, se golpea, se mata por conseguir un vehículo con que abandonar la ciudad. Una sola idea bulle en sus cabezas: huir. Yo, no.   ¿Huir? Huir, ¿a dónde? Huir, ¿para qué? La verdad es que no tengo mucho que perder. Mi mujer me abandonó hace tiempo por un dentista, mis parientes fallecieron en aquel estúpido incendio, no tengo ni un solo amigo de verda...

Volver

Por Eva Fernández Uno de los recuerdos que conservo de cuando era pequeño, a comienzos de siglo, es el de un anciano que llevaba pantalones hasta la rodilla y medias de estambre, y que solía andar cojeando por las calles de nuestro pueblo con ayuda de un bastón. La subida era empinada, las casas aun se vestían de piedra y las calles estrechas de tierra.  El señor Anselmo nunca había salido del pueblo que le había visto nacer, y no concebía la vida en otro lugar.  Ni siquiera había hecho el servicio militar, pues lo llamaron a filas cuando empezó la guerra de Cuba, y fue descartado en el reconocimiento médico por ser sordo desde la infancia y cojo, batallita que contaba a sus nietos, sin que le prestaran atención, por ser una cantinela mil veces repetida. Hoy, que regreso para completar la compraventa de la casa familiar, noto su ausencia.  Recuerdo el dolor en la nuca de sus collejas de mano de árbol, en la iglesia, que repartía inmisericorde a la par que sus...

Lucía y Napoleón

Por Eva Fernández Los vuelos siempre suponían para Lucía no solo un traslado físico, sino también una especie de viaje en el tiempo,  como si todo lo ocurrido antes de embarcar fuera una  película. Acomodada en su asiento abrazos y despedidas flotaban como pompas de jabón en su cerebro mezclados con la ilusión de volver a Barcelona, poner en orden su vida, su matrimonio y su relación con sus hijos, desdibujados por la distancia y los breves encuentros de las vacaciones, donde todo parece brillante y fácil y los problemas se guardan debajo de la alfombra para no estropear el recuerdo posterior. Sobre un fondo de nubes grises se reflejaban en la ventanilla del avión las imágenes de las últimas horas: cajas a medio embalar, el último paseo por la playa de Long Island con las olas barriendo las huellas de sus pies, y la última mirada a Napoleón y Josefina, antes de regalárselos a su vecina María, esa niña mexicana, de largas trenzas y sonrisa infinita, que ...
por María Pilar Bastarós              6 de junio de 2019 El color de los domingos                                                   ¿De qué color es un domingo?   Me planteo esta pregunta y no puedo darle una respuesta unívoca. Mis domingos son de colores diversos. Es más, un mismo domingo no tiene un solo color. Yo diría que las mañanas de los domingos han sido y son para mí azules, luminosas, relajantes, aunque el cielo esté gris, aunque la lluvia golpee los cristales, aunque el viento ruja y azote los árboles, aunque me apremien ingratos quehaceres.      Mañana de domingo azul, azul como un cielo despejado, como un mar tranquilo, como unos ojos infantiles. Mañanas de domingo qu...

La conexión

por Miguel Angel Marín Me encuentro tranquilo viendo la televisión, mientras María, mi mujer, lee el periódico en la otra esquina del sofá, cuando empiezo a notar ese cosquilleo especial que tan bien conozco. Salgo disparado y me encierro en el baño. Ya estamos otra vez.  Elena es mi hermana melliza. Siempre hemos estado muy unidos. De niños éramos inseparables. En nuestros juegos construíamos un espacio aparte del resto del mundo y no dejábamos entrar en él a nadie. Una tarde ocurrió algo asombroso, montando en bici me rompí una pierna. Ella, en casa, sintió el mismo dolor que yo.  Con la adolescencia nuestros cuerpos cambiaron. Eso nos alejó un poco el uno del otro. Ella fue tornando de sus formas infantiles a las de una mujer bellísima. Le crecieron los pechos, se le ensancharon las caderas y se le alargaron las piernas. Yo, contemplaba su evolución fascinado. Sufría de deseo cada vez que pasaba a mi lado con su melena rubia y su blusa ajustada y podía ol...

Tormenta de verano

Por Eva Fernández Abro el voluminoso paquete y me encuentro el lienzo con una mujer de espaldas a una ventana, con el vestido medio desabrochado y su reflejo en el suelo, que parece mojado… Cae al suelo una tarjeta.   Solo pone: Nunca olvidaré este verano.   Tiene pegada una llave, la de la casa de Juan… No puedo evitar recordar aquel día, me pilló la tormenta desprevenida, cruzando el parque.   No había donde resguardarse así que con las sandalias de tacón en la mano y descalza empecé a correr. Llegué a casa hecha una sopa, con los pies embarrados, el ligero vestido chorreando y el pelo pegado a la cara. Rebuscaba las llaves en el laberinto de mi bolso cuando una voz conocida a mi espalda me sobresaltó: -           No te preocupes, ya abro yo. Era Juan, mi vecino de arriba. Me aparté que abriera y me dejó pasar.   Se adelantó para abrir también el ascensor, y le dejé pasar yo. Estaba tan empa...