por Miguel Ángel Marín Todas las mañanas, Don miraba el buzón, pero nunca había carta de ella. No habrá tenido tiempo, se decía. Su hija Enya se había ido a servir a la ciudad, a casa del conde, dueño de las minas. Don la recordaba creciendo feliz en aquel ambiente de obreros grises y sucios. La chiquilla revoltosa se transformó después en una joven pelirroja muy hermosa con una figura espectacular. Todo se torció cuando su madre enfermó y murió. Se quedaron solos su padre, ya mayor y que arrastraba la enfermedad del minero, Enya y el pequeño Bobby, su hermano menor discapacitado. La alegría se esfumó de aquella casa con la ausencia de la madre. La situación empeoró cuando jubilaron a su padre. La paga que les quedó apenas cubría para pagar la comida. Fue una bendición el trabajo de la chica. Era una boca menos a alimentar y además ayudaba con parte de su salario a los exiguos ingresos de la familia. En sus cartas le hablaba de su nueva vida en aqu...
Relatos de los cursos de Escritura Creativa del C.C. Teodoro Sanchez Punter y de la Sala 2 del C.C. Salvador Allende