Ir al contenido principal

Yo que he vivido tantas vidas

 

Yo que he vivido tantas vidas…

      He vivido tantas vidas que ya no soy capaz de recordar cuándo ni cómo llegué a este azaroso mundo por primera vez. Ahora que me encuentro en el ocaso de la que ignoro si será la última, solo me vienen a la memoria retazos o imágenes fragmentadas de mis vidas pasadas.

    Son muchos los que ponen en duda el fenómeno de la transformación o reencarnación. No seré yo quien intente rebatirlos ni daré los nombres, algunos reconocidos, de los individuos en cuyos cuerpos se ha transmutado mi espíritu, pero si diré que yo soy un ejemplo indudable de que existe.

 

    El recuerdo más remoto que guardo de mi existencia, se remonta a finales del siglo XI, cuando compaginé mis ocupaciones como abad del Monasterio de San Millán de la Cogolla con mi laborioso trabajo en el “scriptorium”. Allí copié e ilustré, con mano minuciosa, varios códices, entre ellos el “ Liber Commicus”  o códice 22.  Aunque su nombre en latín pudiera inducir a error, se trata de un leccionario o libro de liturgia, en este caso de la liturgia hispánica o mozárabe, que se conserva en la Real Academia de la Historia y del cual, a riesgo de parecer vanidoso, me siento especialmente orgulloso. Considerado como el más perfecto y tardío de los libros de su clase, ya que contiene una amplísima iconografía, bellísimas miniaturas y elaboradas iniciales, en él ejercité sobradamente la virtud de la paciencia en lo que se refiere a las ocupaciones manuales, que tantos beneficios me aportaría en mis vidas posteriores. No así de paciente he llegado a ser en otros menesteres y circunstancias, en las que me he dejado llevar por los nervios, lo que a veces me ha deparado sobrenombres no muy agradables.

    En aquel monasterio de La Rioja, en medio de una vegetación exuberante, llevé una vida apacible y fructífera hasta el final de mis días. El final allí, porque después de esos plácidos ciento tres años, vendrían otras vidas mucho más agitadas y convulsas: he sido contramaestre y escribano de la Pinta en la expedición de Cristóbal Colón, Secretario de Estado de un rey Borbón, corresponsal freelance en la guerra de los Balcanes, entre otras varias vidas que no voy a detallar aquí y que serían motivo de otras tantas extensas y jugosas historias si la memoria no me jugase ya malas pasadas.

    En cierto modo, he recobrado la sosegada vida de mis comienzos, una vida relativamente tranquila de traductor, crítico y director de una pequeña editorial. Estoy cansado y desearía acabar definitivamente, pero ignoro lo que me deparará el futuro.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El collar desaparecido

por Miguel Angel Marín Cuando María abrió la puerta de la mansión aquella noche, desconocía que iba a llevarse el susto de su vida. Enmarcado por la luz de un relámpago, apareció la figura de un hombre altísimo de tez muy blanca y ojos claro, casi transparentes. Mostrándole una placa y con voz de ultratumba, el albino dijo: —      Inspector Negromonte. María lo hizo pasar al salón principal donde ya lo esperaba un nutrido grupo de personas. D. Adolfo, marqués de Enseña, señor de la casa, estaba algo molesto por la reunión a tan intempestivas horas. También estaban Dª. Clara, su mujer, de mediana edad, algo gruesa y con cara de pizpireta; Lucas, el mayordomo, un hombre delgado y de rictus estricto; Esteban, el mozo, jardinero y chófer, un hombre joven y fuerte que no parecía tener muchas luces; D. Augusto, administrador del marqués, un hombrecillo mayor que se veía muy nervioso; El padre Santiago, asesor espiritual del marqués y amigo de la familia; Mar...

Intruso

  PARA VOLVER A METERSE EN EL ATAÚD  tendría que encogerse bastante, darse prisa y apartar un poco el cuerpo que reposaba inerte sobre la dura superficie de madera. Se oían voces fuera, que callaron al escuchar el cierre de la tapa. -¿Quién anda ahí? Escuchó la voz amortiguada del viejo sacerdote que recorría el pasillo central de la capilla. Podía imaginarle, sorprendido por la oscuridad, porque hasta la pequeña lamparilla del sagrario estaba apagada. Desde dentro del féretro ella escuchaba muy fuerte su propia respiración, aunque cada vez más tenue. Nunca supo que el sepulturero había comentado después en el bar: – Con lo flaco que estaba y cómo pesaba el cabrón… ¿A quién se habrá llevado a la tumba?

Dicen los viejos

por Miguel Angel Marín Dicen los viejos que el hombre se creyó Dios y que Dios lo castigó. Que unos sabios inventaron artilugios que nos permitían volar –puro cuento-, que fabricaron seres mecánicos y que intentaron incluso crear hombres nuevos, perfectos y que no enfermasen.  Todo esto me parecen invenciones, leyendas sin fundamento.  Ni yo, ni mi padre, ni el padre de mi padre hemos conocido otra cosa que una vida de trabajo duro, de privaciones y hambre, de frío en invierno y calor en el verano, cuidando de las cuatro cabras entre riscos pedregosos, en esta tierra yerma, seca y solitaria, durmiendo en cabañas cochambrosas y teniendo como única posesión unos harapos con que vestir, una honda con que defendernos del lobo y un zurrón en que guardar algo de comida.  Y siguen diciendo que en los buenos tiempos la vida era regalada, que la gente apenas tenía que trabajar, que vestían ropajes finos, que habitaban casas de piedra tan altas como montañas...