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POCO HECHO, POR FAVOR

Por Eva Fernández

-          De segundo pediré chuletón de buey con guarnición de patatas nuevas.
-          ¿Cómo le gusta?
-          Poco hecho, por favor.
-          Perfecto, señor.
En realidad, podría comérmelo crudo, pero no debo llamar la atención en exceso.  Me encanta el sabor metálico de la sangre, cómo se esparce el líquido rosáceo por el plato mientras corto la carne  con el cuchillo e introduzco el tenedor en mi boca. 
Cierro los ojos y la saliva invade mi paladar mientras se mezcla con el primer bocado y una punzada de placer atraviesa mi cerebro, dilatando mis pupilas al mismo tiempo.
                Durante un segundo, me transporta  a aquel momento  en que me abalancé sobre ti, sin poder evitar morder tu cuello, y clavar mis colmillos en tu piel.  Juro que sólo quería sentirte,  empaparme de tu esencia, pero no me pude contener.  Caíste exánime entre mis brazos y tuve que salir huyendo, de tu casa, de la ciudad, de todo.
                Permanezco escondido la mayor parte del tiempo, en busca y captura, durmiendo de día, malviviendo de noche, y solo me permito, alguna vez, un buen filete, que siempre me conduce a nuestra primera vez, porque después ha habido muchas otras, pero tú fuiste mi bautismo de sangre, tu sabor permanece indeleble en mi memoria y la sorpresa reflejada en tus ojos, de ese instante, es lo primero que recuerdo, cada noche al abrir la tapa de mi ataúd cuando me levanto.  


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