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Carambolas


Por Eva Fernández

Laura miró de refilón a la cámara de seguridad y una sonrisa se dibujó debajo de su máscara de látex.
De camino a casa tiró los guantes de vinilo en el contenedor higiénico del baño de la gasolinera, y al llegar, escondió las botas de seguridad y la máscara en la caja de herramientas sin estrenar, se quitó el mono azul y se sentó en el asiento trasero del coche a contar la recaudación del día.
–No está mal- pensó, guardándose el dinero en el relleno del sujetador.- Pero no era suficiente.  Tendría que volver a arriesgarse.
Entró al cuarto anexo al garaje.  Miró la mesa de billar español de su padre y acarició el tapete verde.  Se acercó hasta la taquera y pasó la mano por los tacos, deteniéndose en el último, un poco más corto, el que encargaron para ella cuando era puna niña y con el que su padre le había enseñado a  jugar.  Colocó la tiza alineada con el borde de madera tallada de la mesa y movió dos cuentas del ábaco, de los de contar carambolas. Sumó las ganancias de la noche, una cuenta de la fila de arriba y dos de la fila de en medio hacia la izquierda.  Tres cuentas más, dos de arriba, una de abajo, y podría largarse.
-         - Solo dos noches más. – Susurró Laura.  Cerró la puerta y se fue a dormir. 
Tres noches  después, una patrulla de la policía la observaba salir del casino por la puerta principal, con el finiquito y una carta de recomendación en un sobre.  Al cachearla no encontraron nada más.  Al registrar el coche, un taco de billar pequeño, y otro profesional, en sus fundas, en el maletero, y una caja de madera desportillada con tres bolas, dos blancas y una roja, en la guantera.
-  Buenas noches agentes, que tengan buen servicio.- Se despidió Laura, encendió el motor y arrancó con suavidad el coche, dejando atrás la sala de billares anexa el casino, agradeciendo infinitamente la existencia del wonderbra. El suyo, relleno de billetes, le aumentaba dos tallas.   Había ganado la partida.

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