Ir al contenido principal

La esquela

Por Eva Fernández


-No soy mala, es que me han dibujado así.-  Eso respondía Jessica en ¿Quién engaño a Roger Rabbit?, una famosa película de los noventa para justificar su personaje de mujer fatal.
Así, salvando las distancias, se sentía ahora Aurora, sin poder evitar llorar.  En realidad, no sabía si lloraba porque estaba cortando cebolla, o si se había puesto a cortar cebolla para tener una excusa para llorar.
Todo había empezado esa mañana; tras recoger el desayuno de Manuel se dispuso a hojear el periódico que el ya había leído, como todos los días.  Y ahí estaba, la esquela:
Primer aniversario de
D. Isidro Fernández Pérez
Vecino de Zaragoza,
Fallecido el 11 de marzo de 2018, a los 68 años de edad.
Sus hermanas, Carmen y Pilar; hijos, Alfonso y Maite; nietos, Mario, Marcos, Lucía y Andrea, sobrinos y demás familia y amigos ruegan una oración por su alma y la asistencia al funeral de aniversario que se celebrará en la Parroquia del Carmen el próximo día 13 de marzo de 2019 a las 18:00 horas.
Ella se había ido de casa, es verdad.  Cuando encontró el trabajo cuidando a Manuel no pensaba dejar a Isidro.  No pensaba ¿enamorarse?  Ya no lo sabía, pasado el primer… deslumbramiento ya la casa no le parecía tan grande, ni el mármol tan brillante, ni las joyas de tan buena calidad…  Solo que no lo pudo evitar, una vida nueva, cada día un restaurante, una obra de teatro, atenciones que nunca había tenido, esa amabilidad…
Hasta Isidro se puso contento al principio cuando encontró el trabajo.  Un señor de ochenta años, y les hacía falta el dinero…
-Ya alquilan el segundo.  A ver quien viene ahora…- Le dijo Pepa a su vecina Begoña, unos días despues. 
- Sí, no sé que habrá pasado con Isidro y Aurora, de repente dejé de verlos y enseguida vi el cartel de Se alquila.
- Mujer, pero ¿no lo sabes? A mi me lo contó la hermana.  Ella lo dejó.  Se puso a cuidar a un abuelo y se lió con él.  Y él no pudo soportarlo y se tomó una caja de pastillas…

Comentarios

Entradas populares de este blog

El collar desaparecido

por Miguel Angel Marín Cuando María abrió la puerta de la mansión aquella noche, desconocía que iba a llevarse el susto de su vida. Enmarcado por la luz de un relámpago, apareció la figura de un hombre altísimo de tez muy blanca y ojos claro, casi transparentes. Mostrándole una placa y con voz de ultratumba, el albino dijo: —      Inspector Negromonte. María lo hizo pasar al salón principal donde ya lo esperaba un nutrido grupo de personas. D. Adolfo, marqués de Enseña, señor de la casa, estaba algo molesto por la reunión a tan intempestivas horas. También estaban Dª. Clara, su mujer, de mediana edad, algo gruesa y con cara de pizpireta; Lucas, el mayordomo, un hombre delgado y de rictus estricto; Esteban, el mozo, jardinero y chófer, un hombre joven y fuerte que no parecía tener muchas luces; D. Augusto, administrador del marqués, un hombrecillo mayor que se veía muy nervioso; El padre Santiago, asesor espiritual del marqués y amigo de la familia; Mar...

Intruso

  PARA VOLVER A METERSE EN EL ATAÚD  tendría que encogerse bastante, darse prisa y apartar un poco el cuerpo que reposaba inerte sobre la dura superficie de madera. Se oían voces fuera, que callaron al escuchar el cierre de la tapa. -¿Quién anda ahí? Escuchó la voz amortiguada del viejo sacerdote que recorría el pasillo central de la capilla. Podía imaginarle, sorprendido por la oscuridad, porque hasta la pequeña lamparilla del sagrario estaba apagada. Desde dentro del féretro ella escuchaba muy fuerte su propia respiración, aunque cada vez más tenue. Nunca supo que el sepulturero había comentado después en el bar: – Con lo flaco que estaba y cómo pesaba el cabrón… ¿A quién se habrá llevado a la tumba?

Dicen los viejos

por Miguel Angel Marín Dicen los viejos que el hombre se creyó Dios y que Dios lo castigó. Que unos sabios inventaron artilugios que nos permitían volar –puro cuento-, que fabricaron seres mecánicos y que intentaron incluso crear hombres nuevos, perfectos y que no enfermasen.  Todo esto me parecen invenciones, leyendas sin fundamento.  Ni yo, ni mi padre, ni el padre de mi padre hemos conocido otra cosa que una vida de trabajo duro, de privaciones y hambre, de frío en invierno y calor en el verano, cuidando de las cuatro cabras entre riscos pedregosos, en esta tierra yerma, seca y solitaria, durmiendo en cabañas cochambrosas y teniendo como única posesión unos harapos con que vestir, una honda con que defendernos del lobo y un zurrón en que guardar algo de comida.  Y siguen diciendo que en los buenos tiempos la vida era regalada, que la gente apenas tenía que trabajar, que vestían ropajes finos, que habitaban casas de piedra tan altas como montañas...