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Diario de una extraña de María Pilar Bastarós


                              Diario de una extraña
   Estábamos muy ilusionados con nuestro nuevo hogar. Regresaba a mis raíces, al pueblo donde mis abuelos paternos habían nacido y vivido hasta que decidieron trasladarse a la ciudad para procurarles a sus hijos un futuro más halagüeño. La casa no era muy grande, pero sí bien conservada y suficiente para nuestras necesidades. Lo mejor era el espacioso terreno que la rodeaba y que pretendíamos destinar en su mayor parte a huerto, pero dejando, eso sí, la parte delantera para un jardín, donde  Sole pudiera plantar sus flores.
   Hicimos el traslado de nuestros pocos enseres en la vieja furgoneta de un amigo. Teníamos prisa por empezar a vivir allí, así que decidimos instalarnos cuanto antes, aunque fuera precariamente, e ir arreglando las cosas poco a poco. En la casa habían quedado algunos muebles aprovechables y con eso y lo nuestro nos podríamos apañar de momento.
   Me dispuse a montar una cama para pasar nuestra primera noche en lo que iba a ser nuestro dormitorio. Mientras, Sole se afanaba en adecentar la cocina y preparar algo para la cena. Estaba intentando encajar el somier, cuando me llamó desde abajo:
 Juan, Juan, asómate, mira lo que he encontrado.
Me acerqué al hueco de la escalera y vi que en sus manos sostenía una libreta con las tapas de hule rojizo.
Bah, es sólo una libreta mugrienta, se la dejarían olvidada los anteriores propietarios; no creo que merezca la pena intentar devolverla, mejor la tiras. ¿Dónde estaba?
—Logré sacar el cajón de la alacena, que estaba atrancado y ví que tenía un doble fondo; allí estaba la libreta, pero no creo que sea de los últimos dueños de la casa, parece más bien un viejo diario…
—Entonces no deberíamos leerlo; no está bien fisgonear en lo que otra persona ha querido mantener oculto —protesté, al tiempo que Sole  lo abría y, con cara de asombro, exclamaba:
—Fíjate, la primera fecha es el dieciséis de mayo de mil ochocientos noventa y ocho, pero no acierto a descifrar el nombre, las letras están ya muy borrosas...
— Sole, déjalo ya…quien escribiera ese diario ya debe estar muerto hace tiempo…
—No, espera, aquí  pone …Auro…Aurora…no, Aure…Aurelia, ¡eso es! ¡Aurelia Labarta! ¿No te suena ese nombre?
—No, para nada, aunque Labarta es un apellido frecuente por esta zona…y sí, ahora me viene a la mente la imagen de mi abuela mencionando  a una tal ama Aurelia con la que, al parecer, se crió . La recordaba con mucho cariño. Creo que era la maestra del pueblo y, si no estoy equivocado, aquí estuvo en tiempos la vivienda destinada a los maestros.
—Ahí va (aibá), pues todo cuadra. Anda, vamos a ver qué dice el diario…

Hoy, dieciséis de mayo de mil novecientos noventa y ocho es un día muy especial para mí. Al terminar las clases de la tarde, cuando haya mandado a los zagales a sus casas y recogido el aula, iré a casa de Don Julio,  recogeré a la Pascualilla y me la traeré conmigo. La pobre se ha quedado huérfana a los dos meses de nacer. La madre tuvo un mal parto y anteayer la enterramos. El padre, con otros seis hijos varones en la casa, no sabía qué hacerse con la criatura, que no para de llorar y no medra, así que me pidió que me hiciera cargo de ella, al menos hasta que se haga mocita. De los gastos que ocasione la crianza se encargaría él y como compensación por el gran favor que le hacía me prometía una renta vitalicia. Convinimos  en lo de los gastos porque no quiero que a la niña le falte de nada, pero no quise aceptar la renta, por mucho que Don Julio insistió. La idea de tenerla me  ha devuelto la ilusión.
Pascualita va ser para mí la hija que no pude tener y yo voy a ser la madre que ha perdido, va a llenar mis días y, sobre todo, mis noches. De ahora en adelante, cuando cierre la puerta de la escuela, ya no sentiré la amarga desazón de la soledad.  ¡Qué mejor renta que esa puedo tener …!   

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