El último atardecer
Subo al acantilado, exhausto. El atardecer está como yo he soñado siempre, rojo, con toques anaranjados. El mar es su fiel espejo. Rojo. Ah, cómo me atrae ese color. Rojo. Es el final, el de muchos acontecimientos, el atardecer es el fin. Tenía que ser hoy, el cielo me ha acompañado, es mi cómplice, rojo, solo falta que le regale al mar el puñal empañado de rojo, por fin el final. Lo conseguí.
PARA VOLVER A METERSE EN EL ATAÚD tendría que encogerse bastante, darse prisa y apartar un poco el cuerpo que reposaba inerte sobre la dura superficie de madera. Se oían voces fuera, que callaron al escuchar el cierre de la tapa. -¿Quién anda ahí? Escuchó la voz amortiguada del viejo sacerdote que recorría el pasillo central de la capilla. Podía imaginarle, sorprendido por la oscuridad, porque hasta la pequeña lamparilla del sagrario estaba apagada. Desde dentro del féretro ella escuchaba muy fuerte su propia respiración, aunque cada vez más tenue. Nunca supo que el sepulturero había comentado después en el bar: – Con lo flaco que estaba y cómo pesaba el cabrón… ¿A quién se habrá llevado a la tumba?
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