SINDROME DE ESTOCOLMO
Mi amo me tiene que ver blanca, como el mármol que me esculpe. Soy su musa, sólo yo. Este baño mensual de la luna en plenilunio logra embellecer todo mi cuerpo y lo deja más blanco para él y su inspiración.
NOTA DE PRENSA: Después de un lustro, sigue sin aparecer Samantha, la bellísima modelo secuestrada.
por Miguel Angel Marín Dicen los viejos que el hombre se creyó Dios y que Dios lo castigó. Que unos sabios inventaron artilugios que nos permitían volar –puro cuento-, que fabricaron seres mecánicos y que intentaron incluso crear hombres nuevos, perfectos y que no enfermasen. Todo esto me parecen invenciones, leyendas sin fundamento. Ni yo, ni mi padre, ni el padre de mi padre hemos conocido otra cosa que una vida de trabajo duro, de privaciones y hambre, de frío en invierno y calor en el verano, cuidando de las cuatro cabras entre riscos pedregosos, en esta tierra yerma, seca y solitaria, durmiendo en cabañas cochambrosas y teniendo como única posesión unos harapos con que vestir, una honda con que defendernos del lobo y un zurrón en que guardar algo de comida. Y siguen diciendo que en los buenos tiempos la vida era regalada, que la gente apenas tenía que trabajar, que vestían ropajes finos, que habitaban casas de piedra tan altas como montañas...
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