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EPÍLOGO

Por Eva Fernández

Para él tampoco había sido fácil.  Toda la vida juntos, conocía cada curva de su cuerpo, cada gesto, cada frase que decía, y últimamente, cada reproche, cada suspiro… Aun así siempre la querría.  Aunque fuera de otra manera, era la madre de sus hijos, la única que le recordaba las citas con el médico y los cumpleaños y sabía porqué le gustaba tanto Cat Stevens.

Se había propuesto contener el llanto a toda costa, así que en vez de despedirse con un abrazo o acariciarle el pelo como le habría gustado se dieron un frío apretón de manos, como dos extraños.  Al parecer, es lo que serían a partir de ahora.

El apartamento alquilado estaba vacío, oscuro y la humedad dibujaba manchas en las paredes y los techos.  Los muelles del somier rechinaban y el eco de las pisadas le recordaba que estaba solo, así que se dispuso a deshacer el equipaje, para no pensar.

Tras colgar su ropa en el armario, colocar los libros y los discos en la estantería de melanina del salón y un par de fotos de él con los chicos en la mesilla de la habitación, se sentó en la cama, escondió la cabeza entre las manos y rompió a llorar desconsoladamente.
Se había dado cuenta de repente que no había nada de ella allí, y la palabra que su mujer le había dicho al despedirse -suerte- resonaba como un trueno en su cabeza, pero ella ya no podía verlo.


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