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NOCHE DE GUARDIA


Por Eva Fernández

Hacía una noche de perros, como para estar en el sofá viendo la tele, tapado con una manta, resguardado de los gruesos copos que caen al otro lado de la ventana. Y no como nosotros, en medio del bosque, con los limpiaparabrisas a todo trapo para quitar la nieve de los cristales, acurrucados en el asiento, el gorro calado, el cuello del abrigo subido. Entonces escuchamos el ruido de un vehículo, y apagamos las luces y el motor para no ser descubiertos.  Vimos la furgoneta del guarda forestal desaparecer detrás del refugio y adivinamos el chasquido al cerrar la puerta delantera, sonidos de pisadas,  ruidos metálicos, paladas sobre la nieve. 
Por lo menos habrá entrado en calor.- Pensé.- A mí se me van a congelar los dedos. Y me encogí un poco más, alerta.  Miré a mi compañero. Se había quedado dormido.
No reconocí al conductor, que volvía sobre sus pasos y cargaba un fardo pesado, que arrastraba con dificultad, supongo que hasta el agujero recién cavado en la nieve, dejando tras de sí un sinuoso camino blanco. Se volvieron a oír ruidos. Su respiración a causa del esfuerzo, y las paladas de nieve cubriendo el cuerpo, conjeturé.
                Hacía días que Raquel había desaparecido. El pueblo estaba empapelado de carteles con su foto sonriente y un teléfono de contacto.  La prensa no paraba de hacer reportajes y preguntas.  En la comisaría ya estábamos hartos de los periodistas.  ¿Y ahora ese tipo estaba enterrando algo en el bosque?  Al final iba a merecer la pena congelarse de frío.  Me darían una medalla.  Desperté a mi compañero.
-          Avisa a centralita. Voy a por él, López.
-          A la orden, mi sargento.
                Comprobé que tenía el arma reglamentaria cargada, le quité el seguro y salí del coche sigilosamente, cerrando la puerta con cuidado.
                A cinco pasos  me seguía el cabo López, apuntando también a la masa forestal.
                Llegamos a la parte trasera del refugio.  
-          ¡Alto! La Guardia Civil.

-          ¡Papá! ¿Qué cojones haces?- Gritaba mi hijo Mario, perforándome los tímpanos. ¡Mierda! otra vez me había quedado dormido en el sofá.


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